Episodio 3 del podcast Cuentos para tejer sueños


Si aún no has oído hablar de los Odos, en este cuento conocerás un poco mejor estos pequeños y simpáticos personajes.

En el tercer episodio del podcast cuentos para tejer sueños escuchamos el relato intitulado Cuento con Odos de Graciela Montes. Si aún no has oído hablar de los Odos, en este cuento conocerás un poco mejor estos pequeños y simpáticos personajes.
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Episodio 3 del podcast Cuentos para tejer sueños: Cuento con Odos

Algunos datos acerca de los odos:

* Los odos son chiquitos. 
* Los odos usan flequillo y zapatos redondos. 
* Los odos juegan al fútbol con arvejas. 
* Los odos viven en latitas de azafrán. 
* La mayor parte de los odos viven en el Fondo del Jardín o en el Terreno de Enfrente. 
* Los odos comen pasto. También toman mate. 
* Los odos no vuelan. 
* Es muy común ver a un odo sentado arriba de un trébol petiso. 
* Cuando saludan, los odos dicen: AO. 
* Cuando están asustados, los odos dicen: LU. 
* Las primeras historias de odos —Nicolodo viaja al País de la Cocina, Así nació Nicolodo y Teodo— fueron publicadas por el Centro Editor de América Latina en la colección Cuentos del Chiribitil. 
Sanchodo Curador.

Aunque parezca mentira, hasta el odo más pintado se lastima a veces o se enferma. Así que en el Fondo del Jardín, en el Terreno de Enfrente (y en cualquier otro oderío como la gente), además de odos carpinteros y odos pintores, de odos mecánicos, de musicodos, de odos viajeros y de inventodos tímidos, hay algunos doctodos que se ocupan de curar. 
Por ejemplo: un odo aventurero que llega de su viaje con moretones y raspones se va enseguida a la latita de azafrán del doctodo Dos, que le pone vendas y le hace sana sana.
En cambio, los odos con dolor de panza de tanto comer trébol y ligustrina se van corriendo a ver al doctodo Tres para que les haga un té de margarita.

Pero cuando un odo está violeta o verde limón lo mejor que puede hacer es ir cuanto antes a la casa de Sanchodo Curador. 

Como bien se sabe, cuando a un odo le viene la tristeza primero pone cara de triste, después llora hojitas y termina por ponerse verde limón. En cambio los odos asustados primero ponen cara de asustados, después dicen LU y después se ponen violeta violeta. Y el único que sabía qué hacer con un odo violeta o verde limón era Sanchodo Curador. 

Primero se acomodaba bien los anteojos (que, como los odos tienen poca nariz, siempre se les andaban cayendo), después miraba bien bien, le hacía un mimo en el flequillo al enfermo y preguntaba: 
—¿Y usted por qué anta tan tristón, amigo? 
O si no: 
—¿Qué le pasa que se lo ve tan asustado, compañero? 
Y ahí nomás el odo empezaba a perder verde limón o a perder violeta y se le iba pasando la tristeza y el susto mientras contaba y contaba. Después, un caldito de helecho y a casa. Así siempre. 

Pero un día Sanchodo Curador tuvo que vérselas con un caso muy difícil. Estaba tomándose unos mates con Teodo, en la puerta de la lata, cuando de pronto la ve a Odana, que venía corriendo a todo lo que le daban los zapatos y gritando: 
—¡Don Sanchodo, don Sanchodo! ¡Si usted viera! 
—¿Qué pasa, Odana? —preguntó Sanchodo Curador bajándose del trébol. 
—Odosio está metido debajo de una piedra, más violeta que no sé qué, y no dice nada, nada más que LU LU LU todo el tiempo. Me parece que es grave, don Sanchodo. 

Cuando llegaron a la piedra ya estaban reunidos el grillo Gardelito, Nicolodo, la Mariposa del Jazmín, tres vaquitas de San Antonio que venían de hacer las compras y cuatro odos chicos que estaban jugando al fútbol en la canchita del malvón. 

Claro que todos se hicieron a un lado cuando lo vieron venir a Sanchodo Curador. Al fin de cuentas era el único que sabía algo de odos asustados. 
Sanchodo se acomodó los anteojos, miró lo mejor que pudo el pedacito de Odosio que se veía debajo de la piedra y dijo, como siempre: 
—¿Qué le pasa que se lo ve tan asustado, compañero? 

Pero Odosio no estaba para contestar preguntas. Lo único que se oyó fueron tres LUS y dos suspiros. 
—Lo habrá asustado algún sapo —sugirió Gardelito. 
—O un grillo burlón —le retrucó Humberto, el sapo. 
—O un gusano con careta. 

Sanchodo Curador se acariciaba las orejas porque estaba pensando con mucha fuerza. 
—Hay que averiguar —dijo por fin—. Y para averiguar hay que ir. Y de ir, mejor que vayamos todos, así no nos asustamos. 

Entonces Renato, el gusano, se metió debajo de la piedra y le preguntó a Odosio dónde se había asustado y Odosio dijo LU LU LU LU LU, como cinco veces, y señaló hacia el Patio. 

Ese mismo día se pusieron en marcha nueve odos, dos grillos, tres vaquitas de San Antonio y cuatro gusanos. Por suerte el sapo Humberto también iba, haciendo de colectivo, así que tanto no tardaron. 

Cuando llegaron a la Frontera de los Rosales, Sanchodo Curador les dijo a todos que se bajaran de Humberto y que siguieran a pie, despacito y agarrados de la mano, para no ponerse violetas. Y despacito despacito, a pasito de odo, a salto de grillo y a panzada de gusano, llegaron hasta la primera baldosa. Allí empezaba el Desierto del Patio. 

De pronto todos los odos gritaron LU y los grillos y los gusanos y las vaquitas de San Antonio y el sapo Humberto, que no sabían gritar LU, dijeron ¡Oia! Porque ahí no más, tomando sol como si tal cosa, estaba el gato Pato con todos sus bigotes. 

Violeta lo que se dice violeta no se pusieron, pero un poco lila sí. Y no es que el gato Pato fuese un gato demasiado grande, pero hay que tener en cuenta que los odos son tirando a muy chicos. 

Sanchodo Curador se dio cuenta de que tenía que pasar al frente, y se adelantó una baldosa roja. Y después otra blanca. Y después otra roja. Y cuando estaba casi casi al lado de los bigotes, el dueño de los bigotes abrió un ojo verde. A Sanchodo le pareció el portón de un garage. Y justo cuando estaba por ponerse violeta violeta el portón volvió a cerrarse. 

Sanchodo se acomodó los anteojos, se peinó el flequillo y dijo: 
—Este gato no es para asustar a nadie. 

Y mientras volvián al Fondo, montados en Humberto, pensaba que un día de ésos iba a volver al Desierto del Patio, para preguntarle al gato qué se opinaba por allí del caldo de helecho tibio.

Graciela Montes