Episodio 15 del podcast Cuentos para Tejer Sueños

En el episodio 15 de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento intitulado ‘Un elefante ocupa mucho espacio’.

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos, pero esta es la historia de Víctor, un elefante de circo que se decidió una vez a pensar en elefante, esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo: organizó una huelga de todos los animales del circo para hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… ¡Escucha este curioso relato de una huelga general de animales!

En el episodio 15 del podcast Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento 'Un elefante ocupa mucho espacio'. Eso lo sabemos todos, pero esta es la historia de Víctor, un elefante de circo que se decidió una vez a pensar en elefante, esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo: organizó una huelga de todos los animales del circo para comunicar a los hombres que querían volver a ser libres. ¡Escucha este curioso relato de una huelga general de animales!.

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Episodio 15 de Cuentos para Tejer Sueños:
‘Un elefante ocupa mucho espacio’

Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar «en elefante», esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo… ah… eso algunos no lo saben y por eso se los cuento: 

Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente. 

-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo! 
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche: 
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas… 
-¿De qué te quejas, Víctor?- interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida? 
-Tú has nacido bajo la lona del circo…- le contestó Víctor dulcemente. -La esposa del criador te crió con mamadera… Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad… 
-¿Se puede saber para qué hacemos huelga?- gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá. 
-¡Al fin una buena pregunta!- exclamó Víctor, entusiasmado y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos… que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero… que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente… que se los forzaba a imitar a los hombres… que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres… Y que patatán fue la orden de huelga general…).
-Bah… Pamplinas…- se burló el león.- ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma? 
-Sí- aseguró Víctor. -El loro será nuestro intérprete- y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros. 
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!.

Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas… (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped…).

De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio: 
-Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos. 
-¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente. -¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante! 
-¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas!- y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente. 
-¡Ustedes a las jaulas!- gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes. 

La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES. 

Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres: 
-¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas! 
-¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan! 
-¡BASTA, POR FAVOR, BASTA!- gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos.
-¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren? 
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante: 
-… Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán… porque… o nos envían de regreso a nuestras selvas… o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho. 

Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África. 

Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor… porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio…  

Elsa Bornemann

Episodio 14 del podcast Cuentos para Tejer Sueños

En el episodio 14 de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento intitulado
‘Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena’.

Había una vez dos gatos: uno tan grande pero tan grande que cuando hacía ¡MIAUUUU! todos creían que habían llegado los bomberos con sus sirenas. El otro gato era tan chiquito, pero tan chiquito, que dormía en una latita de paté y cuando hacía frío se tapaba con un boleto capicúa. ¡Escuchemos juntos sus increíbles aventuras pelosas!

En el episodio 14 del podcast Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento 'Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena'. Había una vez dos gatos: uno tan grande pero tan grande que cuando hacía ¡MIAUUUU! todos creían que habían llegado los bomberos con sus sirenas. El otro gato era tan chiquito, pero tan chiquito, que dormía en una latita de paté y cuando hacía frío se tapaba con un boleto capicúa. ¡Escuchemos sus increíbles aventuras pelosas!

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Episodio 14 de Cuentos para Tejer Sueños:
‘Más chiquito que una arveja, más grande que una ballena’

Había una vez un gato muy grande. Tan grande, pero tan grande, que no pasaba por ninguna puerta. Tan grande, pero tan grande, que cuando estaba enojado y hacía ¡FFFFF! Se volaban todas las hojas de los árboles. Tan grande, pero tan grande, que cuando hacía ¡MIAUUUU! todos creían que habían llegado los bomberos porque había un incendio. 

Y había también un gato muy chiquito. Tan chiquito, pero tan chiquito, que dormía en una latita de paté y, cuando hacía frío, se tapaba con un boleto capicúa. Tan chiquito, pero tan chiquito que, cuando andaba de acá para allá, todos lo confundían con una pelusa. Tan chiquito que, para verlo bien, había que mirarlo con microscopio. 

El Gato Grande era muy famoso en el barrio. Todos los vecinos hablaban de él y lo mimaban mucho. 
-¡Qué gato tan hermoso!- decían. 
-¡Los gatos grandes son hermosísimos!- decían. 
El Gato Grande comía mucho. A la mañana bien temprano los vecinos le traían cinco palanganas de leche tibia. Al mediodía le traían una carretilla de hígado con mermelada (que era su comida favorita). A la tardecita le dejaban preparada una bañera de polenta, por si se despertaba con hambre en la mitad de la noche. Cuando los vecinos le traían la comida, el Gato Grande sonreía (porque algunos gatos saben sonreír) y se ponía a ronronear. Cuando el Gato Grande ronroneaba hacía un RRRRRRRRR tan fuerte que todos miraban para arriba porque creían que pasaba un helicóptero por el cielo. 

El Gato Chiquito, en cambio, no era nada famoso. Nadie hablaba de él en el barrio y nadie lo mimaba ni un poquito. (En realidad, al Gato Chiquito casi nadie lo veía siquiera.) 
Al Gato Chiquito nadie le traía comida nunca. Ni a la mañana. Ni al mediodía. Ni a la tardecita. 
Claro que el Gato Chiquito comía muy poco. Con dos gotas de leche tenía bastante. Y una aceituna le duraba una semana. (Al Gato Chiquito le encantaban las aceitunas.) 
Cuando el Gato Chiquito encontraba una aceituna, aunque nadie lo veía, también sonreía. Y, aunque nadie lo escuchaba, también ronroneaba. 

Un día el gato Chiquito salió a dar un paseo. Y caminó y caminó por la calle más larga del barrio. Tip tap tip tap tip tap, caminaba el Gato Chiquito. Y ese mismo día el Gato Grande también quiso salir a dar un paseo. Y caminó y caminó por todas las calles, y también por la calle más larga del barrio. Top tup top tup top tup, caminaba el Gato Grande. 

El Gato Chiquito y el Gato Grande caminaron y caminaron. Cada vez que el gato Grande caminaba dos cuadras, el Gato Chiquito terminaba una baldosa.
Y cuando el sol estaba bien alto, pero bien alto, el Gato Grande y el Gato Chiquito se encontraron frente a frente. Los dos en la misma vereda de la calle más larga del barrio. El gato Grande hizo ¡FFFFF! Para mostrarle al Gato Chiquito que él era el más fuerte. Hizo ¡FFFFF! Para que el Gato Chiquito lo dejase pasar primero. Pero el Gato Chiquito no se movió de su baldosa. Ni un poquito. Entonces el gato Grande hizo ¡FFFFFFFF! (Fue un ¡FFFFF! muy fuerte.) 
Y el Gato Chiquito rodó como una pelusa hasta el cordón de la vereda. Y se cayó en charquito tan hondo pero tan hondo que casi se ahoga. Pero no se ahogó. Nadó hasta la orilla del charco y se trepó de nuevo al cordón. (El Gato Chiquito era chiquito, ¡pero valiente!) Se subió de un salto a un adoquín que había por ahí y él también hizo ¡fffff! (fue un ¡fffff! muy chiquito). El Gato Chiquito hizo ¡fffff! porque él también estaba enojado. 

Y ahí se quedaron los dos, frente a frente. 
Al Gato Grande, el Gato Chiquito le parecía más chiquito que una arveja. Al Gato Chiquito, el Gato Grande le parecía más grande que una ballena. 

Entonces el Gato Grande se enojó muchísimo más. Se enojó como sólo pueden enojarse los gatos grandes. 
Estiró una pata y sacó las uñas. (Tenía unas uñas filosas como espadas filosas.) Y ¡zas! Le dio un zarpazo al Gato Chiquito. Pero el Gato Chiquito no tuvo miedo. De un salto se subió a la pata del Gato Grande y le tiró con mucha fuerza de los pelos cortitos que le crecían justo al lado de las uñas filosas. (A los gatos les duele muchísimo cuando les tiran de los pelos cortitos, sobre todo si son los que crecen al lado de las uñas filosas) .
-Miauuuu- maulló el Gato Grande. 
Y fue un MIAUUUU tan fuerte que trescientos cincuenta y dos vecinos vinieron a ver qué pasaba. Los trescientos cincuenta y dos vecinos se pusieron en ronda a mirar. Todos miraban con ojos redondos, pero nadie entendía nada de nada. Todos veían al Gato Grande, que se revolcaba por el suelo y maullaba y maullaba y maullaba. Pero nadie veía al Gato Chiquito, que estaba bien escondido entre los pelos del Gato Grande. Y corría por el lomo… de la cabeza a la cola… de la cola a la cabeza… y se trepaba a una oreja… y se hamacaba en los bigotes… y le hacía cosquillas en la nariz y…
-Aaachus- estornudó el Gato Grande. 
Y los trescientos cincuenta y dos vecinos que miraban con ojos redondos salieron volando por el aire como barriletes. Todos menos el Gato Chiquito, que estaba bien agarrado del bigote más gordo del Gato Grande y resistió el estornudo. 

Los trescientos cincuenta y dos vecinos fueron volviendo, poco a poco. Ya no tenían los ojos redondos. Ahora tenían las cejas fruncidas. Estaban bastante enojados. Se habían dado cuenta de que no le gustaba salir volando por el aire como barriletes. Tampoco les gustaba tener que oír un MIAUUU más fuerte que la sirena de los bomberos. Empezaron a protestar. 
-¡Este gato está demasiado grande!- decían. -¡Los gatos tan grandes son muy molestos!- decían. Y después todos juntos dijeron: -¡Ufa!-

Y al Gato Grande le dio vergüenza y se puso colorado (porque algunos gatos se ponen colorados). Entonces el Gato Chiquito se bajó de un salto del bigote del Gato Grande y se empezó a pasear por la vereda. Iba y venía. Y daba otro saltito. 
-¡Oia! ¡Un gato chiquito!- dijeron todos. -¡Más chiquito que una arveja!- dijeron. -¡Los gatos chiquitos son hermosísimos!- dijeron. 

Y desde ese día, en el barrio, los gatos famosos son dos: el Gato Grande y el Gato Chiquito. Claro que las cosas cambiaron un poco. Los vecinos ya no le dan tanta comida al Gato Grande. Nada más que tres palanganas de leche tibia y media carretilla de hígado con mermelada.
Al Gato Chiquito, en cambio, le llevan dos pedacitos de hígado, res aceitunas y un dedal de leche cada mañana. 

Parece ser que ahora el Gato Grande está bastante menos grande. Cuando hace ¡FFFF! Ya no tira más que diez o doce hojas de los árboles. Y parece que el Gato Chiquito está empezando a crecer. 
Me dijeron que últimamente ya no entra en la latita de paté; se va a tener que mudar a una lata de duraznos en almíbar. (Lo que no sé es si querrá regalarme el boleto capicúa cuando ya no lo use más de frazada). 

Graciela Montes

Episodio 13 del podcast Cuentos para Tejer Sueños

En el episodio 13 de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento intitulado ‘Pinocho’

El viejo carpintero Gepetto, deseaba que su última creación, una bonita marioneta de madera llamada Pinocho, pudiera convertirse en un niño de verdad. El Hada de los Imposibles le concedió el deseo, no sin antes advertir a Pinocho que para ser un niño de verdad, debería demostrar que era generoso, obediente y sincero. Pepito Grillo le ayudaría en esta labor, interpretando a su conciencia.

En el episodio 13 de Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento intitulado 'Pinocho'. El viejo carpintero Gepetto, deseaba que su última creación, una bonita marioneta de madera llamada Pinocho, pudiera convertirse en un niño de verdad. El Hada de los Imposibles le concedió el deseo, no sin antes advertir a Pinocho que para ser un niño de verdad, debería demostrar que era generoso, obediente y sincero. Pepito Grillo le ayudaría en esta labor, interpretando a su conciencia.
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Episodio 13 de Cuentos para Tejer Sueños: ‘Pinocho’:

Había una vez, un viejo carpintero de nombre Gepetto, que como no tenía familia, decidió hacerse un muñeco de madera para no sentirse solo y triste nunca más.

–“¡Qué obra tan hermosa he creado! Le llamaré Pinocho”– exclamó el anciano con gran alegría mientras le daba los últimos retoques. Desde ese entonces, Gepetto pasaba las horas contemplando su bella obra, deseando que aquel niño de madera pudiera moverse y hablar como todos los niños.

Tal fue la intensidad de su deseo, que una noche apareció en la ventana de su cuarto el Hada de los Imposibles.
–“Como eres un hombre de noble corazón, te concederé lo que pides y daré vida a Pinocho”– dijo el hada mágica y agitó su varita sobre el muñeco de madera. En ese momento, la figura cobró vida sacudiendo los brazos y la cabeza.

–»¡Papá, papá!»– mencionó con voz melodiosa despertando a Gepetto.

–»¿Quién anda ahí?»

–»¡Soy yo, papá, soy Pinocho!. ¿No me reconoces?»– dijo el niño acercándose al anciano.

Cuando logró reconocerle, Gepetto lo cargó en sus brazos y se puso a bailar de tanta emoción. –“¡Mi hijo, mi querido hijo!”– gritaba jubiloso el anciano.

Los próximos días, fueron pura alegría en la casa del carpintero. Como todos los niños, Pinocho debía alistarse para asistir a la escuela, estudiar y jugar con sus amigos, así que el anciano vendió su abrigo para comprarle una cartera con libros y lápices de colores.

El primer día de colegio, Pinocho asistió acompañado de un grillo para aconsejarlo y guiarlo por el buen camino. Sin embargo, como sucede con todos los niños, éste prefería jugar y divertirse antes que asistir a las clases y a pesar de las advertencias del grillo, el niño travieso decidió ir al teatro a disfrutar de una función de títeres.

Al verle, el dueño del teatro quedó encantado con Pinocho: –“¡Maravilloso! Nunca había visto un títere que se moviera y hablara por sí mismo. Sin dudas, haré una fortuna con él”– y decidió quedárselo. Este aceptó la invitación de aquel hombre ambicioso y pensó que con el dinero ganado podría comprarle un nuevo abrigo a su padre.

Durante el resto del día, Pinocho actúo en el teatro como un títere más y al caer la tarde decidió regresar a casa con Gepetto. Sin embargo, el dueño malo no quería que el niño se fuera, por lo que lo encerró en una caja junto a las otras marionetas. Tanto fue el llanto de Pinocho, que al final no tuvo más remedio que dejarle ir, no sin antes obsequiarle unas pocas monedas.

Cuando regresaba a casa, se topó con dos astutos bribones que querían quitarle sus monedas. Como era un niño inocente y sano, los ladrones le engañaron haciéndole creer que si enterraba su dinero, encontraría al día siguiente un árbol lleno de monedas, todas para él.

El grillo trató de alertarle sobre semejante timo, pero Pinocho no hizo caso a su amigo y enterró las monedas. Luego, los terribles vividores esperaron a que el niño se marchara, desenterraron el dinero y se lo llevaron muertos de risa.

Al llegar a casa, Pinocho descubrió que Gepetto no se encontraba y empezó a sentirse tan solo que rompió en llantos. Inmediatamente, apareció el Hada de los Imposibles para consolar al triste niño.
–“No llores Pinocho, tu padre se ha ido al mar a buscarte”.

Y tan pronto supo aquello Pinocho partió a buscar a Gepetto, pero por el camino tropezó con un grupo de niños:

–»¿A dónde se dirigen?»– preguntó Pinocho

–»Vamos al País de los Dulces y los Juguetes»– respondió uno de ellos –»¡Ven con nosotros, podrás divertirte sin parar!».

–»No lo hagas, Pinocho»– le dijo el grillo –»Debemos encontrarnos con tu padre que se ha ido solo y triste a buscarte».

–»Tienes razón grillo, pero sólo estaremos un rato. Luego le buscaré sin falta».

Y así se fue Pinocho acompañado de aquellos niños al País de los Dulces y los Juguetes. Al llegar, quedó tan maravillado con aquel lugar que se olvidó de salir a buscar al pobre de Gepetto. Saltaba y reía rodeado de juguetes y tan feliz era, que no notó cuando empezó a convertirse en un burro.

Sus orejas crecieron y se hicieron muy largas, su piel se tornó oscura y hasta le salió una colita peluda que se movía mientras caminaba. Cuando se dio cuenta, comenzó a llorar de tristeza y el Hada de los Imposibles volvió para ayudarle y devolverlo a su forma de niño.

–»Ya eres nuevamente un niño bello Pinocho, pero recuerda que debes estudiar y ser bueno».

–»Oh sí señora hada, a mí me encanta estudiar»– dijo Pinocho y al instante le creció la nariz.

–»Tampoco debes decir mentiras querido Pinocho».

–»¡No, para nada, nunca he dicho una mentira!»– pero la nariz le creció un poco más –»¡Y siempre me porto muy bien!».

Pero al decir aquello la nariz le creció tanto, que apenas podía sostenerla con su cabeza. Con lágrimas en los ojos, Pinocho se disculpó con el Hada y le prometió que jamás volvería a decir mentiras, por lo que su nariz volvió a ser pequeña. Entonces, él y el grillo decidieron salir a buscar a Gepetto. Sin embargo, cuando llegaron al mar, descubrieron que el anciano había sido tragado por una enorme ballena.

Enseguida, se lanzó al agua y después de mucho nadar, se encontró frente a frente con la temible ballena.
–“Por favor, señora ballena, devuélvame a mi padre”.
Pero el animal no le hizo caso y se tragó a Pinocho también. Al llegar al estómago, se encontró con el viejo Gepetto y quedaron abrazados un largo rato.

–»Tenemos que salir cuanto antes, Pinocho»– exclamó Gepetto.

–»Hagamos una fogata papá. El humo hará estornudar a la ballena y podremos escapar».

Y así fue como Pinocho y su padre quedaron a salvo de la ballena, pues estornudó tan fuerte que los lanzó fuera del vientre y lograron escapar a tierra firme. Cuando llegaron a casa, éste se arrepintió por haber desobedecido a su padre y desde entonces no faltó nunca a clases, además fue tan bueno y disciplinado que el Hada de los Imposibles decidió convertirlo en un niño de carne y hueso, para alegría de su padre, el viejo Gepetto y del propio Pinocho.


El cuento original se publicó en 1883 y fué escrito por Carlo Lorenzini (1829-1890),
quien eligiera como nombre artístico ‘Collodi’ en honor a un pequeño pueblo
ubicado en el corazón de la Toscana donde pasó su infancia.

Episodio 12 del podcast Cuentos para Tejer Sueños


En el episodio 12 de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento intitulado ‘Juansadas’.

Había una vez un perro que tenía un hombre que se llamaba Juan. ¡Sí! El dueño del hombre era un bello afgano color champán llamado Sacha von Mirosnikov, más familiarmente conocido como Pucho, que resultó ser todo un líder de cuatro patas (líder únicamente de Juan, claro, pero líder al fin). ¡Quizás tu también conozcas una historia semejante!

En el episodio 12 de Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento intitulado Juansadas, de Elsa Bornemann. Había una vez un perro que tenía un hombre que se llamaba Juan. ¡Sí! El dueño del hombre era un bello afgano color champán llamado Sacha von Mirosnikov, más familiarmente conocido como Pucho, que resultó ser todo un líder de cuatro patas  -líder únicamente de Juan, claro, pero líder al fin-. ¡Quizás tu también conozcas una historia semejante!

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Episodio 12 de Cuentos para Tejer Sueños: ‘Juansadas’:

Había una vez un perro que tenía un hombre que se llamaba Juan. 
Digo que el perro tenía al hombre y no el hombre al perro porque, ciertamente, era así.
El dueño del hombre era el mismísimo perro, un bello afgano color champán, al que habían bautizado «Sacha von Mirosnikov» —según constaba en los documentos suscriptos el día en que Juan lo había comprado— y que familiarmente respondía al nombre de Pucho. 

Si bien se afirma que los afganos no suelen ser animales demasiado dotados —salvo en su aspecto físico— este Pucho era la excepción a la regla. Ya de cachorro había empezado a demostrar sus naturales condiciones de líder (líder únicamente de Juan, claro, pero líder al fin). 

El caso es que apenas cumplido su primer año Pucho se había convertido en el verdadero patrón de Juan. No podía comparárselo con el autoritario patrón humano que el muchacho debía soportar en la empresa en la que trabajaba ya que al menos el treinta de cada mes éste retribuía su paciencia con un sueldo bastante generoso, mientras que del Pucho sólo obtenía cansados lengüetazos a cambio de tanta devoción como le rendía. Pruebas de su devoción (entre muchísimas otras que me resultaría fatigoso describir): 

— Juan planificaba todas sus actividades y las cumplía o no de acuerdo con el estado de ánimo de su perro. Por ejemplo, era capaz de faltar al trabajo o de cancelar una cita importante si antes de salir de su casa creía detectar un lastimero «¡No me abandones!» en la mirada del Pucho.
En esas ocasiones, le redoblaba las raciones de comida y bailaba, saltaba, brincaba, andaba por los aires y se movía con mucho donaire alrededor de su animal, hasta que le parecía que el desganado le regalaba su mejor sonrisa. 

— Juan sólo volvía a recibir en su casa a las contadísimas personas que lograran conquistarse la simpatía de su perro a primer ladrido, quiero decir, a primera vista (vista del de cuatro patas, por supuesto…). Y como el Pucho era terriblemente celoso, apenas si toleraba la visita de dos o tres amigos de Juan… de dos o uno… bueno… de uno, en realidad, de ese único que aguantaba estoicamente sus gruñidos y las dentelladas dirigidas a sus tobillos cuando llegaba la hora de retirarse.
«Hablale; explicale que pronto regresarás de visita… Decile que te espere… El pobre sufre porque te vas, quiere retenerte; por eso los mordisquitos… Decile dulcemente: “Esperame, Pucho… Esperame”, le repetía Juan a su único amigo, cada vez que éste se iba, esquivando —a los saltos— las filosas dentelladas del perro e invariablemente con algunas rasgaduras en las botamangas de sus pantalones. 

— Juan se había transformado en un perfecto solterón, rotos sus compromisos de matrimonio con sucesivas señoritas que no le habían caído en gracia al exigente animal. «Si él las rechazó, por algo será…», pensaba Juan, «Su percepción de la naturaleza hu¬mana es superior a la mía… ¡Quién sabe de qué brujas me ha librado mi fiel Puchito…!» 

—Juan gastaba el dinero que no tenía —contrayendo pavorosas deudas— para pagar un psicoanalista. 

No; no para tratarse él —como seguramente estarán imaginando— sino para que el médico lo orientara con el propósito de evitarle al Pucho toda causa de stress, de frustraciones, de complejos… 

Concluyo con esta enumeración de pruebas de devoción porque considero que es lo suficientemente elocuente como para que necesite aclararles por qué al principio de este relato aseguré que «había una vez un perro que tenía un hombre…». 

Sin embargo, y por las dudas, agrego que Juan se pone taaan sentimental y dice tantas «juansadas» cuando elogia las cualidades de su animal, que me temo que éste le ordene colocarse un bozal en cualquier momento… 

¡Ah…! y si acabo de aterrizar en el tiempo presente, desde el pasado en el que situé mi narración, se debe a que la singular relación entre Juan y su perro aún persiste. 

¿Qué cómo lo sé? Pues porque yo soy el único testigo de la misma… ese único amigo de Juan… 

Y ahora los dejo. Debo volar hacia la calle con él. Por nada del mundo quiere que me pierda la quinta vuelta del hombre que hago a diario, llevado de su correa… (no me refiero a Juan —obviamente— sino a Bizcocho, mi propio perro…). 

Segundo «¡Ah…!»: y no se trata de que la relación con mi maravilloso can sea parecida a la de mi amigo y su insufrible mascota —nada de eso… 

Sucede que Bizcocho está empeñado en demostrarme que no es menos que un afgano, a pesar de su tamaño insignificante y su dudoso pedigree y yo no soy quién para contradecirlo: lo comprendo perfectamente. A veces, se me ocurre que sólo me falta ladrar.

Elsa Bornemann

Episodio 11 del podcast Cuentos para tejer sueños

En el episodio 11 de Cuentos para Tejer Sueños compartimos ‘El laboratorio de las flores’.

Los niños deseaban descubrir el secreto de la belleza de las flores y cómo ellas eligen sus colores para vestir sus pétalos. Cada flor es una artista y tiene su propia idea de belleza, por eso no repiten nunca una forma o un color. ¡Descubre tu también el maravilloso laboratorio donde las flores mezclan los colores de sus ropas!

En el episodio 11 de Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento intitulado 'El laboratorio de las flores', de Patricia Morales. Los niños deseaban descubrir el secreto de la belleza de las flores y entonces conocieron cómo ellas eligen sus colores para vestir sus pétalos. Cada flor es una artista y tiene su propia idea de belleza, por eso no repiten nunca una forma o un color. ¡Descubre tu también el maravilloso laboratorio donde las flores mezclan los colores de sus ropas!

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Episodio 11 del podcast Cuentos para Tejer Sueños: ‘El laboratorio de las flores’:

Los niños deseaban descubrir el secreto de la belleza de las flores. Oikodoro les comentó que azul, rojo y amarillo son los materiales primarios en el laboratorio de las flores. Si bien recorremos con la vista infinitas gamas y colores y pensamos qué complejas deben ser las decisiones de las flores al elegir sus ropas, podemos visitar una flor y encontrar en su simpleza el secreto de la creación y así de la variada mezcla.
Oikodoro dijo que la sabiduría de las flores se encuentra en no repetir una forma o un color. Cada una tiene su propia idea de belleza y así ellas adornan el horizonte y junto a las mariposas comparten un diálogo de artis­tas.
Azul y amarillo forman verde, rojo y amarillo forman naranja y azul y rojo forman violeta. Así comienza la com­binación sin fin, que divierte a las flores y a nuestros ojos. Más amarillo que rojo, pues será un naranja suave; más rojo que azul será un violeta más intenso, más azul que amarillo, dará un verde más oscuro.
Y resulta muy interesante si las flores deciden mezclar los tres colores: amarillo, azul y rojo. 

Una vez, cuenta Oikodoro, de la chimenea maloliente de una fábrica se escapó una furiosa nube negra que, cubriendo el cielo, comenzó a burlarse envidiosa de los colores de las flores. 

-Qué sin sentido!- protestaba celosa, todas esas flores diferen­tes y tan pe­queñas! 

La nube produjo una negra tormenta sobre las flores y en su maldad se des­vaneció. Enton­ces, las flores se tornaron todas negras y pesadas y su bel­leza se perdió.
El laboratorio estaba casi destruido y los colores se habían diluido. Las flores estaban desoladas.
Más tarde unas nubes de fina lluvia bañaron las flores con agua cris­talina. Sin embargo, las flores ya no lucían como antes. Como ellas habían sido maltratadas, sus colores ya no relucían. 

Entonces la naturaleza volvió a ofrecer su belleza. Junto al sol, el arco iris vistió el cielo y roció la tierra con sus siete colores. Las flores pudieron colmar de tintes y colores su laboratorio y se las vio retornar a sus propios colores con idéntica belleza. 

Con la ayuda de Oikodoro los niños construyeron también un laboratorio de colores, que sirvió para el arte y la imaginación, e invitaron a todos a par­ticipar y disfrutar de la sabiduría de la naturaleza.

Patricia Morales

Episodio 10 del podcast Cuentos para tejer sueños


En el episodio 10 de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento ‘Los tres días del mirlo’.

Hace mucho tiempo, el mes de enero tenía solamente veintiocho días y los mirlos eran blancos. ¡Escucha este curioso relato y sabrás porqué ahora enero tiene treinta y un días, febrero sólo veintiocho y los mirlos tienen las plumas negras!

En el episodio 10 de Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento intitulado 'Los tres días del mirlo'. Hace mucho tiempo, el mes de enero tenía solamente veintiocho días y los mirlos eran blancos. ¡Escucha este curioso relato y sabrás porqué ahora enero tiene treinta y un días, febrero sólo veintiocho y los mirlos tienen las plumas negras!

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Episodio 10 del podcast Cuentos para Tejer Sueños: Los tres días del mirlo:

Hace mucho tiempo, el mes de enero tenía solamente veintiocho días.

Enero era un señor solitario y gruñón. No le gustaba oír el gorjeo de los pájaros y se divertía jugándoles bromas de mal gusto.

Cuando el mirlo blanco, a quién no quería nada, salía a buscar comida, el señor Enero desencadenaba tormentas de nieve para contrariarlo.

Un día, el mirlo lo interpeló:

—Señor Enero, usted es que es tan molesto, podría ser un poco más corto y tener menos días?

—No, en absoluto, me confiaron veintiocho días y no cambiaré.

Y desencadenó los vientos fríos del Norte.

Al año siguiente, el mirlo hizo una buena provista y se quedó en su nido acogedor durante los veintiocho días de enero. A fin de mes, el pájaro salió de su nido y comenzó a burlarse del señor Enero.

— Tralalera, tralala, lo embromé!

Y  voló a buscar comida.

Enero se enfureció y quiso vengarse. Decidió robar tres días a su hermano el señor Febrero quien no se dio cuenta pues estaba muy ocupado disfrazándose para el carnaval .

Durante los tres días siguientes, Enero provocó una terrible tormenta. Los árboles colapsaron por el peso de la nieve helada, los animales buscaban refugios improvisados para protegerse del frío.

El mirlo blanco, para no morir de frío, se escondió en una chimenea en busca de un poco de calor.

Después de tres días, la tormenta cesó y el mirlo blanco salió de la chimenea, pero… se volvió negro de hollín.

Desde ese día, enero tiene treinta y un días, febrero sólo veintiocho y los mirlos tienen las plumas negras!

Episodio 9 del podcast Cuentos para tejer sueños

En el episodio 9 de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento ‘El país de la geometría’.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, tenía todo lo que quería pero estaba siempre triste y preocupado, porque le faltaba una sola cosa: una flor muy especial. Luego de interminables búsquedas por todo el reino, el Rey descubrió con gran alegría que podía él mismo crear sus propias flores y entonces comprendió que ya no tenía mas nada que buscar por ahí. Los invito a escuchar este simpático cuento que nos invita a reflexionar sobre el valor que damos a aquello que tenemos y a nuestras capacidades.

En el episodio 9 del podcast cuentos para tejer sueños compartimos el cuento de María Elena Walsh intitulado 'El país de la geometría'. El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, tenía todo lo que quería pero estaba siempre triste y preocupado, porque le faltaba una sola cosa: una flor muy especial. Luego de interminables búsquedas por todo el reino, el Rey descubrió con gran alegría que podía él mismo crear sus propias flores y entonces comprendió que ya no tenía mas nada que buscar por ahí. Los invito a escuchar este simpático cuento que nos invita a reflexionar sobre el valor que damos a aquello que tenemos y a nuestras capacidades.

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Episodio 9 del podcast Cuentos para Tejer Sueños: El país de la geometría

Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no? El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.

Jo jo jo jo jo, una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.
Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo, sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero… le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.
El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían… 
Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.
Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.

Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:

– ¿Y para qué sirve esa flor, señor Rey?
– ¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!. El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.

Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:
–Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!. El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.

Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:
–¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?
–¡Tonta, retonta! –tronó el Rey–. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor! La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.

Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.
–¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? –les preguntó el Rey, impaciente.
–Ni rastros, Majestad.
–¿Y qué diablos encontraron?
–Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.
–¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios).
¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!

Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca:
Sin la flor redonda no. Jo jo jo jo jo.

Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.
En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.

El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:
–¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?
–¡Bah, bah!… –dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija–. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.
–¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.
–Tonto, retonto, mañana partimos.

A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.
Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.
La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.
Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.
–Me doy por vencido –dijo por fin el Rey. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.

Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.
Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste.
–Señor Rey –le dijo para consolarlo–, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?

Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:
–Y bueno, probemos: la la la la… Y cantó y bailó un poquito.
Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto. 
Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

Jo jo jo jo jo, y la Flor la dibujó.

María Elena Walsh
En El país de la geometría 
Fecha de publicación original: 1987

Episodio 8 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento intitulado ‘El pajarito perezoso’.

Había una vez un pajarito simpático pero muy holgazán y por culpa de su gran pereza sufrió muchísimo frío un invierno. Arrepentido, aprendió la lección y se convirtió en el más previsor y trabajador de la colonia. Porque así como podemos hacer las cosas muy mal, ¡también podemos hacerlas muy bien!

En el episodio 8 de cuentos para tejer sueños compartimos el cuento intitulado 'El pajarito perezoso'. Había una vez un pajarito simpático pero muy holgazán y por culpa de su gran pereza sufrió muchísimo frío un invierno. Arrepentido, aprendió la lección y se convirtió en el más previsor y trabajador de la colonia. Porque así como podemos hacer las cosas muy mal, ¡también podemos hacerlas muy bien!

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Episodio 8 del podcast Cuentos para tejer sueños: El pajarito perezoso

Había una vez un pajarito simpático, pero muy, muy perezoso. Todos los días, a la hora de levantarse, había que estar llamándole mil veces hasta que por fin se levantaba; y cuando había que hacer alguna tarea, lo retrasaba todo hasta que ya casi no quedaba tiempo para hacerlo. 

Todos le advertían constantemente: 

– ¡eres un perezoso! No se puede estar siempre dejando todo para última hora… 

– Bah, pero si no pasa nada. -respondía el pajarito- Sólo tardo un poquito más que los demás en hacer las cosas. 

Los pajarillos pasaron todo el verano volando y jugando, y cuando comenzó el otoño y empezó a sentirse el frío, todos comenzaron los preparativos para el gran viaje a un país más cálido. Pero nuestro pajarito, siempre perezoso, lo iba dejando todo para más adelante, seguro de que le daría tiempo a preparar el viaje. Hasta que un día, cuando se levantó, ya no quedaba nadie. 

Como todos los días, varios amigos habían tratado de despertarle, pero él había respondido medio dormido que ya se levantaría más tarde y había seguido descansando durante mucho tiempo. Ese día tocaba comenzar el gran viaje y las normas eran claras y conocidas por todos: todo debía estar preparado, porque eran miles de pájaros y no se podía esperar a nadie. Entonces el pajarillo, que no sabría hacer sólo aquel larguísimo viaje, comprendió que por ser tan perezoso le tocaría pasar solo aquel largo y frío invierno. 

Al principio estuvo llorando muchísimo rato, pero luego pensó que igual que había hecho las cosas muy mal, también podría hacerlas muy bien y sin dejar tiempo a la pereza, se puso a preparar todo a conciencia para poder aguantar solito el frío del invierno. 

Primero buscó durante días el lugar más protegido del frío y allí, entre unas rocas, construyó su nuevo nido, que reforzó con ramas, piedras y hojas; luego trabajó sin descanso para llenarlo de frutas y bayas, de forma que no le faltase comida para aguantar todo el invierno y finalmente hasta creó una pequeña piscina dentro del nido para poder almacenar agua. Y cuando vio que el nido estaba perfectamente preparado, él mismo se entrenó para aguantar sin apenas comer ni beber agua, para poder permanecer en su nido sin salir durante todo el tiempo que durasen las nieves más severas. 

Y aunque parezca increíble, todos aquellos preparativos permitieron al pajarito sobrevivir al invierno. 

Eso sí, tuvo que sufrir muchísimo y no dejó ni un día de arrepentirse por haber sido tan perezoso. 

Así que, cuando al llegar la primavera sus antiguos amigos regresaron de su gran viaje, todos se alegraron sorprendidísimos de encontrar al pajarito vivo y les parecía mentira que aquel pajarito holgazán y perezoso hubiera podido preparar aquel magnífico nido y resistir él solito. Y cuando comprobaron que ya no quedaba ni un poquitín de pereza en su pequeño cuerpo y que se había convertido en el más previsor y trabajador de la colonia, todos estuvieron de acuerdo en encargarle la organización del gran viaje para el siguiente año. 

Y todo estuvo tan bien hecho y tan bien preparado, que hasta tuvieron tiempo para inventar un despertador especial y ya nunca más ningún pajarito, por muy perezoso que fuera, tuvo que volver a pasar solo el invierno.

Episodio 7 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos el cuento ‘El sol y la luna se van a casar’.

Un micro cuento escrito con frases en rima que nos invita a fantasear
¡cómo sería semejante matrimonio!. ¿Y tu cómo te lo imaginas?

En el episodio 7 de Cuentos para tejer sueños compartimos el cuento intitulado 'El sol y la luna se van a casar', de Jaime Eduardo Castellanos Villalba. Un micro cuento escrito con frases en rima que nos invita a fantasear cómo sería semejante matrimonio. ¿Y tu cómo te lo imaginas?

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Episodio 7 del podcast Cuentos para tejer sueños: El sol y la luna se van a casar

Papá ratón llegó contando, que el sol y la luna se van a casar. 

Mamá ratona dijo, que ese matrimonio no duraría, 

porque separado el sol de la luna siempre estaría. 

Abuela ratona dijo, que tendrían como hijas las estrellas e hijos los cometas y como padrinos ella quería, fueran los planetas. 

El ratoncito mayor dijo, que todos estaban equivocados, porque el sol se casaría con una “sola” y la luna con un “luno”, el sol tendría hijos, y tendría tantos, que con noche no quedaría lugar alguno. 

Grillos, sapos, renacuajos, ranas y búhos, no tendrían mas noches para cantar y por eso el ratoncito mediano se puso a llorar. 

Papá ratón llamó a la cordura, pues no había pareja para ellos, porque no se conocía ningún otro sol, ni otra luna, quizás en otra galaxia, pero mas de cien mil años esa búsqueda dura. 

Y para terminar esta querella, el ratoncito mas pequeñito sueña, con que la luna se enamore de una estrella y el sol de una flor bien bella.

Jaime Eduardo Castellanos Villalba

Episodio 6 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio compartimos el cuento ‘Bisa vuela’.

La simpática historia de una anciana aviadora que elige mirar encantada a través de sus antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer. Porque aquello que vemos, ¡depende del cristal con que lo miremos!

En el episodio 6 de Cuentos para tejer sueños compartimos el cuento de María Elena Walsh intitulado 'Bisa vuela': La simpática historia de una anciana aviadora que elige mirar encantada a través de sus antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer. Porque aquello que vemos, ¡depende del cristal con que lo miremos!

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Episodio 6 del podcast Cuentos para tejer sueños: Bisa vuela

Había una vez una ancianita con más años que hojas tiene un ombú. Alta y flaca y memoriosa y sabia. 

Y había una vez un pueblo grande como dos sábanas cosidas al medio por las vías del ferrocarril. 

Y había en el pueblo varias familias con muchos chicos. 

Y había trenes que pasaban de largo, llenos de vacas y sin pasajeros.

La ancianita vivía sola en lo alto de un mangrullo. Guardaba cachivaches en un baúl de su antepasado el Conquistador. Y su grillo Pachimú se guardaba él solo dentro de una caja de fósforos.

Un buen día, los niños, reunidos en asamblea en el galpón del ferrocarril bajo las alas de un viejo avión herrumbrado, decidieron adoptar a la anciana como bisabuela de todos y llamarla Bisa. 

Y desde entonces vivieron felices, jugando con Bisa a la rayuela y al ajedrez.

Salían todos a pasear, algunos en bicicleta, otros en caballo de palo y alguno en un cajón tirado por un carnero.

Pescaban renacuajos para investigarlos y cultivaban enormes calabazas anaranjadas.

Bisa, en sus tiempos, había sido aviadora. Y el viejo avión era su famoso “Águila de Oro”.

La campeona de vuelo estaba jubilada –decía- desde que sus ojos se debilitaron y un mal día al aterrizar había atropellado a una pobre perdiz viuda.

Entre todos se pusieron a limpiar y aceitar el aeroplano, con la esperanza de volar algún día y llegar, por lo menos, hasta la orilla del mar.

¡Y ese día estaba cerca!

Porque ya las hélices rugían como dos leones tartamudos, comandados por la famosa aviadora.

Bisa abrió un baúl, sacó su viejo uniforme arrugado y se lo probó frente al espejo.

-No es tan distinto del uniforme de los astronautas, ¿verdad, Pachimú?

Pero el grillo, por ser tan pequeño, no sabía nada de astronautas.

Bisa se encasquetó la gorra y se puso unas antiparras que nunca había usado: era un trofeo regalo de su madrina después de su último vuelo ¡tantos miles de días atrás!

-Estos anteojos se han vuelto locos -dijo Bisa. Y miró a Pachimú, y en su lugar vio un gato con cola de pavo real.

-Estás muy raro. ¿Qué te pasa, Pachimú?

Pero Pachimú, por ser tan pequeño, no sabía nada de rarezas.

Bajó de su casa y con el grillo en su caja dentro de uno de sus 54 bolsillos llenos de herramientas, corrió a contarles a sus bisnietos la novedad.

Los niños, por riguroso turno, se probaron las gafas y no vieron nada, sólo las encontraron asquerosamente sucias y empañadas.

-Estoy segura de que con estos anteojos maravillosos pondré en marcha el motor -dijo Bisa.

Los chicos abrieron los portones, Bisa trepó a la diminuta cabina, movió manivelas y palancas y… brrrrummmm… cruzó las vías y remontó vuelo.

Los bisnietos la siguieron un poco a la carrera, después se taparon los ojos temiendo lo peor.

Seguramente ustedes también tiemblan de espanto pensando que se va a estrellar contra el más alto de los eucaliptos.

Pero no, Bisa vuela, feliz. Mira hacia abajo y ya no ve a sus bisnietos ni el ocre de los monótonos campos.

Ve toda la ciudad de Nueva York, ve una carroza tirada por mariposas gigantes, ve las pirámides mexicanas, ve un cohete espacial que pasa cerca, y allá lejos ve algunas torres de la ciudad de Bagdad.

Como le quedaba escaso combustible, al divisar una calle ancha y poco transitada, decidió aterrizar. ¿Dónde estaría? ¡Buena pregunta para Pachimú!

Bisa se levantó las gafas y vio que los niños de un pueblo extraño se acercaban a recibirla, con sonrisas, besos, abrazos y un ramillete de margaritas.

Pero ¡ay!, hablaban en otra lengua, sólo entendieron el idioma de los cariños. Entonces Pachimú se puso a cantar, y a él sí lo entendieron, porque los grillos cantan en un idioma universal.

Salió de su caja y del bolsillo y desde el ala del avión trabajó de traductor.

Los chicos de ese pueblo también decidieron adoptar a Bisa como bisabuela de todos. Y le ofrecieron domicilio en una casita construida en las ramas de un árbol.

Desde entonces Bisa vuela de pueblo en pueblo y de bisnietos en bisnietos.

Ya aprendió otro idioma y, en cada viaje, que dura media hora o tres meses –nadie lo sabe-, sigue mirando encantada por los cristales de sus antiparras, las maravillas del mundo que siempre quiso conocer.

María Elena Walsh

Episodio 5 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños compartimos el cuento ‘Sapo Verde’

Había una vez un sapo que estaba encantado con el gran colorido de las mariposas y un poco cansado de verse todo verde… ‘Sapo verde’ es un cuento que nos invita a aceptarnos y queremos así como somos. ¡Disfrútalo!

En el episodio 5 del podcast Cuentos para tejer sueños escuchamos Sapo verde. Humberto estaba encantado con el gran colorido de las mariposas y un poco cansado de verse todo verde... Sapo verde es un cuento que nos invita a aceptarnos y queremos así como somos.

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Episodio 5 del podcast Cuentos para tejer sueños: Sapo verde

Humberto estaba muy triste entre los yuyos del charco. Ni ganas de saltar tenía.
Y es que le habían contado que las mariposas del Jazmín de Enfrente andaban diciendo que él era sapo feúcho, feísimo y refeo. 

—Feúcho puede ser— dijo, mirándose en el agua oscura, —pero tanto como refeo… Para mí que exageran… Los ojos un poquitito saltones, eso sí. La piel un poco gruesa, eso también. Pero ¡qué sonrisa! 

Y después de mirarse un rato le comentó a una mosca curiosa pero prudente que andaba dándole vueltas sin acercarse demasiado: 

—Lo que a mí me faltan son colores. ¿No te parece? Verde, verde, todo verde. Porque pensándolo bien, si tuviese colores sería igualito, igualito a las mariposas. 

La mosca, por las dudas, no hizo ningún comentario. 
Y Humberto se puso la boina y salió corriendo a buscar colores al Almacén de los Bichos. 
Timoteo, uno de los ratones más atentos que se vieron nunca, lo recibió, como siempre, con muchas palabras: 

—¿Qué lo trae por aquí, Humberto? ¿Anda buscando fosforitos para cantar de noche? A propósito, tengo una boina a cuadros que le va a venir de perlas. 
—Nada de eso, Timoteo. Ando necesitando colores. 
—¿Piensa pintar la casa? 
—Usted ni se imagina, Timoteo, ni se imagina. 

Y Humberto se llevó el azul, el amarillo, el colorado, el fucsia y el anaranjado. El verde no, porque ¿para qué puede querer más verde un sapo verde? 

En cuanto llegó al charco se sacó la boina, se preparó un pincel con pastos secos y empezó: una pata azul, la otra anaranjada, una mancha amarilla en la cabeza, una estrellita colorada en el lomo, el buche fucsia. Cada tanto se echaba una ojeadita en el espejo del charco. 

Cuando terminó tenía más colorinches que la más pintona de las mariposas. Y entonces sí que se puso contento el sapo Humberto: no le quedaba ni un cachito de verde. ¡Igualito a las mariposas! 
Tan alegre estaba y tanto saltó que las mariposas del Jazmín lo vieron y se vinieron en bandada para el charco. 

—Más que refeo. ¡Refeísimo!— dijo una de pintitas azules, tapándose los ojos con las patas. 
—¡Feón! ¡Contrafeo al resto!— terminó otra, sacudiendo las antenas con las carcajadas. 
—Además de sapo, y feo, mal vestido— dijo una de negro, muy elegante. 
—Lo único que falta es que quiera volar— se burló otra desde el aire. 

¡Pobre Humberto! Y él que estaba tan contento con su corbatita fucsia. 
Tanta vergüenza sintió que se tiró al charco para esconderse, y se quedó un rato largo en el fondo, mirando cómo el agua le borraba los colores. 
Cuando salió todo verde, como siempre, todavía estaban las mariposas riéndose como locas. 

—¡Sapo verde! ¡Sapo verde! 

La que no se le paraba en la cabeza le hacía cosquillas en las patas. 
Pero en eso pasó una calandria, una calandria lindísima, linda con ganas, tan requetelinda, que las mariposas se callaron para mirarla revolotear entre los yuyos.
Al ver el charco bajó para tomar un poco de agua y peinarse las plumas con el pico, y lo vio a Humberto en la orilla, verde, tristón y solo. Entonces dijo en voz bien alta: 

—¡Qué sapo tan buen mozo! ¡Y qué bien le sienta el verde! 

Humberto le dio las gracias con su sonrisa gigante de sapo y las mariposas del Jazmín perdieron los colores de pura vergüenza, y así anduvieron, caiduchas y transparentes, todo el verano.

Graciela Montes

Episodio 4 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos ‘El color de los pájaros’

Al principio de los tiempos, todos los pájaros del mundo eran de color marrón, hasta que eligieron pintar sus plumas de brillantes y alegres colores… menos uno. ¡Escucha qué sucedió!

En el episodio 4 del podcast Cuentos para tejer sueños escuchamos el cuento tradicional oriental intitulado El color de los pájaros. Al principio de los tiempos, todos los pájaros del mundo eran de color marrón, hasta que eligieron pintar sus plumas de brillantes y alegres colores... menos uno. ¡Escucha qué sucedió!

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Episodio 4 del podcast Cuentos para tejer sueños: El color de los pájaros

Al principio de los tiempos todos los pájaros eran de color marrón, sólo se diferenciaban en el nombre y la forma. Pero sintieron envidia de los colores de las flores y decidieron que llamarían a la Madre Naturaleza para que les cambiara de color. Ella estuvo de acuerdo, pero les puso una condición: tendrían que pensar muy bien el color que cada uno quería porque solamente podrían cambiar una vez. 

La encargada de comunicar la noticia por todo el planeta fue el Águila: 
—Aviso a todos los pájaros. Reunión con la Madre Naturaleza para cambiar de color la próxima semana en el Claro del Bosque —gritaba mientras volaba. 

Los pájaros pasaron una semana muy nerviosos, pensando cuál sería el color que iban a elegir. Llegado el gran día, todos se reunieron muy alborotados alrededor de la Madre Naturaleza. La primera que se decidió fue la Urraca: 
— Quiero ser negra con algunas plumas de tono azul cuando les dé el sol, blanco el pecho y blanca la punta de las alas. 
La Madre tomó su paleta y la coloreó, mientras el resto de los pájaros comentaban lo elegantes que eran los colores elegidos por la Urraca. 
El Periquito fue el siguiente en elegir: 
—Yo quiero manchas blancas, azules y amarillas por todo el cuerpo. Todos estuvieron de acuerdo en que esos colores le favorecían mucho. 
El Pavo Real se acercó contorneándose y con su voz chillona pidió: 
—Para mi hermosa cola quiero colores que se vean desde muy lejos: azules, verdes, amarillos, rojos y dorados. 
Los demás pájaros sonrieron ya que conocían lo presumido que era el Pavo Real. 
El Canario se acercó veloz: 
—Como me gusta mucho la luz, quiero parecerme a un rayo de sol. Píntame de amarillo. 
El Loro llegó chillando: 
—Para que el resto de los animales me puedan ver, quiero que me pongas los colores más llamativos de tu paleta. 
Todos pensaron que era muy atrevido al elegir esos colores, pero el Loro se alejó muy contento. 

Poco a poco, el resto de los pájaros fueron pasando por las manos de la Madre Naturaleza. 

Cuando los colores de la paleta se habían acabado y los pájaros lucían orgullosos sus nuevos vestidos, ella recogió sus utensilios de pintura y se dispuso a volver a su hogar. Pero de repente una voz le hizo volver la cabeza. Por el camino venía corriendo un pequeño Gorrión: 
—Espera, espera, por favor —gritaba—, todavía falto yo. Estaba muy lejos y he tardado mucho tiempo en llegar volando. Yo también quiero cambiar de color. 

La Madre Naturaleza le miró apenada: 
—Ya no quedan colores en mi paleta. 
—Bueno, no pasa nada —dijo el Gorrión tristemente mientras se alejaba cabizbajo por el camino—, de todas formas el color marrón tampoco está tan mal. 
—Espera —gritó la Madre Naturaleza—, he encontrado una pequeña gota de color amarillo en mi paleta. 
El Gorrión se acercó corriendo muy contento. La Madre Naturaleza mojó su pincel en la gota y agachándose tiernamente le pintó una pequeñísima mancha en la comisura del pico. 

Por eso, si te fijas detenidamente en los gorriones, podrás descubrir el último color que la Madre Naturaleza utilizó para colorear a todas las aves del mundo.

cuento tradicional oriental

Episodio 3 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos ‘Cuento con Odos’

Si aún no has oído hablar de los Odos, en este cuento conocerás un poco mejor estos pequeños y simpáticos personajes.

En el tercer episodio del podcast cuentos para tejer sueños escuchamos el relato intitulado Cuento con Odos de Graciela Montes. Si aún no has oído hablar de los Odos, en este cuento conocerás un poco mejor estos pequeños y simpáticos personajes.

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Episodio 3 del podcast Cuentos para tejer sueños: Cuento con Odos

Algunos datos acerca de los odos:

* Los odos son chiquitos. 
* Los odos usan flequillo y zapatos redondos. 
* Los odos juegan al fútbol con arvejas. 
* Los odos viven en latitas de azafrán. 
* La mayor parte de los odos viven en el Fondo del Jardín o en el Terreno de Enfrente. 
* Los odos comen pasto. También toman mate. 
* Los odos no vuelan. 
* Es muy común ver a un odo sentado arriba de un trébol petiso. 
* Cuando saludan, los odos dicen: AO. 
* Cuando están asustados, los odos dicen: LU. 
* Las primeras historias de odos —Nicolodo viaja al País de la Cocina, Así nació Nicolodo y Teodo— fueron publicadas por el Centro Editor de América Latina en la colección Cuentos del Chiribitil. 
Sanchodo Curador.

Aunque parezca mentira, hasta el odo más pintado se lastima a veces o se enferma. Así que en el Fondo del Jardín, en el Terreno de Enfrente (y en cualquier otro oderío como la gente), además de odos carpinteros y odos pintores, de odos mecánicos, de musicodos, de odos viajeros y de inventodos tímidos, hay algunos doctodos que se ocupan de curar. 
Por ejemplo: un odo aventurero que llega de su viaje con moretones y raspones se va enseguida a la latita de azafrán del doctodo Dos, que le pone vendas y le hace sana sana.
En cambio, los odos con dolor de panza de tanto comer trébol y ligustrina se van corriendo a ver al doctodo Tres para que les haga un té de margarita.

Pero cuando un odo está violeta o verde limón lo mejor que puede hacer es ir cuanto antes a la casa de Sanchodo Curador. 

Como bien se sabe, cuando a un odo le viene la tristeza primero pone cara de triste, después llora hojitas y termina por ponerse verde limón. En cambio los odos asustados primero ponen cara de asustados, después dicen LU y después se ponen violeta violeta. Y el único que sabía qué hacer con un odo violeta o verde limón era Sanchodo Curador. 

Primero se acomodaba bien los anteojos (que, como los odos tienen poca nariz, siempre se les andaban cayendo), después miraba bien bien, le hacía un mimo en el flequillo al enfermo y preguntaba: 
—¿Y usted por qué anta tan tristón, amigo? 
O si no: 
—¿Qué le pasa que se lo ve tan asustado, compañero? 
Y ahí nomás el odo empezaba a perder verde limón o a perder violeta y se le iba pasando la tristeza y el susto mientras contaba y contaba. Después, un caldito de helecho y a casa. Así siempre. 

Pero un día Sanchodo Curador tuvo que vérselas con un caso muy difícil. Estaba tomándose unos mates con Teodo, en la puerta de la lata, cuando de pronto la ve a Odana, que venía corriendo a todo lo que le daban los zapatos y gritando: 
—¡Don Sanchodo, don Sanchodo! ¡Si usted viera! 
—¿Qué pasa, Odana? —preguntó Sanchodo Curador bajándose del trébol. 
—Odosio está metido debajo de una piedra, más violeta que no sé qué, y no dice nada, nada más que LU LU LU todo el tiempo. Me parece que es grave, don Sanchodo. 

Cuando llegaron a la piedra ya estaban reunidos el grillo Gardelito, Nicolodo, la Mariposa del Jazmín, tres vaquitas de San Antonio que venían de hacer las compras y cuatro odos chicos que estaban jugando al fútbol en la canchita del malvón. 

Claro que todos se hicieron a un lado cuando lo vieron venir a Sanchodo Curador. Al fin de cuentas era el único que sabía algo de odos asustados. 
Sanchodo se acomodó los anteojos, miró lo mejor que pudo el pedacito de Odosio que se veía debajo de la piedra y dijo, como siempre: 
—¿Qué le pasa que se lo ve tan asustado, compañero? 

Pero Odosio no estaba para contestar preguntas. Lo único que se oyó fueron tres LUS y dos suspiros. 
—Lo habrá asustado algún sapo —sugirió Gardelito. 
—O un grillo burlón —le retrucó Humberto, el sapo. 
—O un gusano con careta. 

Sanchodo Curador se acariciaba las orejas porque estaba pensando con mucha fuerza. 
—Hay que averiguar —dijo por fin—. Y para averiguar hay que ir. Y de ir, mejor que vayamos todos, así no nos asustamos. 

Entonces Renato, el gusano, se metió debajo de la piedra y le preguntó a Odosio dónde se había asustado y Odosio dijo LU LU LU LU LU, como cinco veces, y señaló hacia el Patio. 

Ese mismo día se pusieron en marcha nueve odos, dos grillos, tres vaquitas de San Antonio y cuatro gusanos. Por suerte el sapo Humberto también iba, haciendo de colectivo, así que tanto no tardaron. 

Cuando llegaron a la Frontera de los Rosales, Sanchodo Curador les dijo a todos que se bajaran de Humberto y que siguieran a pie, despacito y agarrados de la mano, para no ponerse violetas. Y despacito despacito, a pasito de odo, a salto de grillo y a panzada de gusano, llegaron hasta la primera baldosa. Allí empezaba el Desierto del Patio. 

De pronto todos los odos gritaron LU y los grillos y los gusanos y las vaquitas de San Antonio y el sapo Humberto, que no sabían gritar LU, dijeron ¡Oia! Porque ahí no más, tomando sol como si tal cosa, estaba el gato Pato con todos sus bigotes. 

Violeta lo que se dice violeta no se pusieron, pero un poco lila sí. Y no es que el gato Pato fuese un gato demasiado grande, pero hay que tener en cuenta que los odos son tirando a muy chicos. 

Sanchodo Curador se dio cuenta de que tenía que pasar al frente, y se adelantó una baldosa roja. Y después otra blanca. Y después otra roja. Y cuando estaba casi casi al lado de los bigotes, el dueño de los bigotes abrió un ojo verde. A Sanchodo le pareció el portón de un garage. Y justo cuando estaba por ponerse violeta violeta el portón volvió a cerrarse. 

Sanchodo se acomodó los anteojos, se peinó el flequillo y dijo: 
—Este gato no es para asustar a nadie. 

Y mientras volvián al Fondo, montados en Humberto, pensaba que un día de ésos iba a volver al Desierto del Patio, para preguntarle al gato qué se opinaba por allí del caldo de helecho tibio.

Graciela Montes

Episodio 2 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos ‘Las medias de los flamencos’

Hace mucho pero mucho tiempo, los flamencos lucían sus largas patas de color blanco… ¡Descubramos por qué ahora las tienen rosas!

episodio 2 del podcast cuentos para tejer sueños de Luciana Guadalupe Torre y los Sonialitas. Cuento Las medias de los flamencos

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Episodio 2 Cuento Las medias de los flamencos

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos y a los yacarés, y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar; pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena y aplaudían con la cola. 
Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas y fumaban cigarrillos paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla. 
Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada como un farolito una luciérnaga que se balanceaba. 
Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas levaban una pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra de tul amarillo y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás. 
Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos. 

Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido como adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia. 
Un flamenco dijo entonces: 
—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo. 
—¡Tan-tan! —pegaron con las patas. —¿Quién es? —respondió el almacenero.
—Somos los flamencos. ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras?
—No, no hay —contestó el almacenero—. 
¿Están locos? En ninguna parte va a encontrar medias así. 
Los flamencos fueron entonces a otro almacén. 
—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas, blancas y negras? 
El almacenero contestó: 
—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte.
Ustedes están locos. ¿Quienes son? 
—Somos los flamencos —respondieron ellos. Y el hombre dijo:
—Entonces son con seguridad flamencos locos.
Fueron a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?
El almacenero gritó:
—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas y negras? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida! Y el hombre los echó con la escoba. 

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos. Entonces un tatú, que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:
—¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. No van a encontrar medias así en ningún almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a dar las medias coloradas, blancas y negras. 
Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron: 
—¡Buenas noches lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros. 
—¡Con mucho gusto!—respondió la lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida. 
Y echando a volar, dejó solos a los flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros recién sacados a las víboras que la lechuza había cazado. 
—Aquí están las medias—les dijo la lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar. 
Pero los flamencos, como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de las víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile. 

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias. 
Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien. 

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la lengua de las víboras es como la mano de las personas. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar aunque estaban cansadísimos y ya no podían más. 
Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados. 

Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó de costado; En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná. 
—¡No son medias! —gritaron las víboras—. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que tienen son de víboras de coral! 

Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.
Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.
Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido, eran venenosas. 

Pero los flamencos no murieron, corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor, y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.

Hace de esto muchísimo tiempo. Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas. 
A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por la tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua.
A veces el ardor que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla. 

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos. 

Horacio Quiroga

Episodio 1 del podcast Cuentos para tejer sueños

En este episodio de Cuentos para Tejer Sueños
compartimos ‘La PlaPla’

¿Estás seguro que cuando escribes, todas las letras se quedan quietas sobre el papel?… ¡Averigüémoslo!

episodio 1 del podcast cuentos para tejer sueños de Luciana Guadalupe Torre y los Sonialitas. Cuento la pla pla

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Episodio 1 de Cuentos para tejer sueños: LA PlaPla

Felipito Tacatún estaba haciendo los deberes. Inclinado sobre el cuaderno y sacando un poquito la lengua, escribía enruladas “emes”, orejudas “eles” y elegantísimas “zetas”. De pronto vio algo muy raro sobre el papel.
–¿Qué es esto?, se preguntó Felipito, que era un poco miope, y se puso un par de anteojos. Una de las letras que había escrito se despatarraba toda y se ponía a caminar muy oronda por el cuaderno.
Felipito no lo podía creer, y sin embargo era cierto: la letra, como una araña de tinta, patinaba muy contenta por la página.
Felipito se puso otro par de anteojos para mirarla mejor.
Cuando la hubo mirado bien, cerró el cuaderno asustado y oyó una vocecita que decía:
–¡Ay!
Volvió a abrir el cuaderno valientemente y se puso otro par de anteojos y ya van tres.
Pegando la nariz al papel preguntó:
–¿Quién es usted señorita?
Y la letra caminadora contestó:
–Soy una Plapla.
–¿Una Plapla?, preguntó Felipito asustadísimo, ¿qué es eso?
–¿No acabo de decirte? Una Plapla soy yo.
–Pero la maestra nunca me dijo que existiera una letra llamada Plapla, y mucho menos que caminara por el cuaderno.
–Ahora ya lo sabes. Has escrito una Plapla.
–¿Y qué hago con la Plapla?
–Mirarla.
–Sí, la estoy mirando pero… ¿y después?
–Después, nada.
Y la Plapla siguió patinando sobre el cuaderno mientras cantaba un vals con su voz chiquita y de tinta.

Al día siguiente, Felipito corrió a mostrarle el cuaderno a la maestra, gritando entusiasmado:
–¡Señorita, mire la Plapla, mire la Plapla!
La maestra creyó que Felipito se había vuelto loco.
Pero no.
Abrió el cuaderno, y allí estaba la Plapla bailando y patinando por la página y jugando a la rayuela con los renglones.
Como podrán imaginarse, la Plapla causó mucho revuelo en el colegio.

Ese día nadie estudió.
Todo el mundo, por riguroso turno, desde el portero hasta los nenes de primer grado, se dedicaron a contemplar a la Plapla.
Tan grande fue el bochinche y la falta de estudio, que desde ese día la Plapla no figura en el Abecedario.

Cada vez que un chico, por casualidad, igual que Felipito, escribe una Plapla cantante y patinadora la maestra la guarda en una cajita y cuida muy bien de que nadie se entere.

Qué le vamos a hacer, así es la vida.
Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?

Autor: María Elena Walsh – Cuentopos de Gulubú 
Fecha de publicación original: 1967